junio 22, 2011

A 40 años de una guerra fallida

por Isabel Dorado Auz

           

En un intento de justificar lo injustificable Felipe Calderón ha dicho, en reiteradas ocasiones, que ganará la guerra en contra del narcotráfico. Bien haría el mandatario espurio en leer un artículo del reverendo Jesse Jackson, publicado en el periódico La Jornada, para que entienda la realidad de las cosas.

            Para el excandidato presidencial de los Estados Unidos, "la guerra a las drogas" que lanzó Richard Nixon hace 40 años representa un completo fracaso, a pesar de que se ha gastado alrededor de un billón de dolares. Los saldos han sido 2.3 millones de encarcelados que saturan hoy las prisiones de Estados Unidos, 25 por ciento de los cuales han sido arrestados por crímenes no violentos relacionados con las drogas; pese a todo ello, dice, las drogas son tan asequibles hoy como hace 40 años, y más baratas.

Se pregunta ¿Qué pasaría si tratáramos la adicción a las drogas como la adicción al alcohol, como un problema de salud pública? La mariguana origina la mitad de todos los arrestos relacionados con drogas en Estados Unidos; despenalizarla ahorraría millones que podrían utilizarse para tratar a los adictos en vez de para arrestar muchachos. Las alternativas al encarcelamiento se deben preferir para aquellas personas que no representen amenaza para otros. Por su parte, la Comisión Global de Política sobre Drogas llama a reconocer que la guerra es un fracaso y virar hacia hacer frente a las drogas como un problema de salud pública.

También se pregunta, ¿Por qué no sacar la drogadicción del sistema de justicia penal y atenderla en el sistema de salud pública? Sin duda sería mejor gastar el dinero, no en encerrar a las personas, sino en clínicas que atiendan su enfermedad. Poner fin a la "guerra a las drogas" no significa abandonar el esfuerzo de regularlas, de enseñar a los niños sus peligros, o de tratar a quienes dependen de ellas. Sí significa, en cambio, no desperdiciar millones de vidas más y miles de millones de dólares más en una guerra que no se puede ganar.

En nuestro caso, hubiese significado ahorrarnos esos 40 mil muertos que se siguen viendo como un dato estadístico a pesar del esfuerzo de los familiares de las víctimas por darles rostro y presencia que motive el esclarecimiento de los crímenes y de que llegue la Justicia con Paz y Dignidad. Significaría también, desviar los apoyos económicos aportados por los Estados Unidos a través de la Iniciativa Mérida a causas que permitan combatir la extrema pobreza y, con ello, lograr una mayor igualdad social. No permitir que este tipo de acciones solo lleven el objetivo de legitimar la opresión de unos cuantos sobre la inmensa mayoría y que la guerra solo constituya un pretexto para contener la inconformidad social.

Nos queda claro que el problema de las drogas existe y debe ser combatido con inteligencia. Que los recursos obtenidos, una vez legalizado el uso de las mismas, sirvan para tratar el problema de salud que generan, tal y como ocurre con las drogas legalizadas, el alcohol y el tabaco, que son causantes de un sinfín de enfermedades. Entender que lo prohibido genera más interés y, por ello, el tráfico de drogas se ha constituido en uno de los negocios más lucrativos en la actualidad.

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