octubre 08, 2010

El PRD a punto del suicidio

Octavio Rodríguez Araujo
Y
a lo dijo Ebrard: el éxito de las alianzas depende también de la confianza que tengan los electores en un abanderado (La Jornada, 5/10/10). En buen castellano esto quiere decir que los partidos no importan sino el candidato. En términos pragmáticos el jefe del gobierno capitalino tiene razón: si los partidos han perdido identidad suficiente como para ser diferenciados unos de otros, el abanderado será el que dé el tono: izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha o derecha (y hasta ultraderecha, si fuera el caso).

En esta lógica los partidos son meros aparatos electorales cuya función es recaudar fondos (públicos o privados), organizar a sus afiliados, convencerlos (sólo si es necesario) de las decisiones cupulares y, eventualmente, facilitar los fraudes, cuando sean convenientes. Así vistos, los partidos llegaron a su fin como instrumentos de la sociedad para competir por el poder y se convirtieron en corporaciones que en los hechos no sólo inhiben la expresión democrática de sus afiliados (¿socios?) sino que la anulan.

La lucha por el poder o por cuotas de poder de los partidos actuales no tiene nada que ver con principios e ideologías. Y tal lucha está en manos de los dirigentes que intentan manipular a sus bases, hasta ahora con relativo éxito, para ser ellos los que tengan el poder y se mantengan en él. Los partidos pequeños sólo aspiran a cuotas de poder en alianza con los grandes. Si nuestro sistema electoral fuera a dos vueltas, los partidos pequeños jugarían el papel del Verde de Marina Silva en Brasil: darle sus votos, que en la elección brasileña no fueron cualquier cosa (20 por ciento), al mejor postor, al partido grande que más les ofrezca para definir el resultado en la segunda vuelta. Como en México todavía no tenemos el sistema a dos vueltas, las negociaciones se hacen antes, y ya hemos visto los resultados: aliarse con quien sea con tal de mantener su registro oficial y colocar en los órganos de representación a gente de sus respectivas dirigencias, tan poco sólidas como las de los partidos grandes.

El reconocimiento cínico que hace Ebrard sobre la situación de los partidos es, lamentablemente, correcto. Es decir, ¿qué importa si el PRD se alía con el PAN si el candidato (el abanderado) es el bueno y si los partidos, en la práctica, son la misma cosa? Lo que importa, parece decir, es que son los individuos, con su biografía, maquillada o real, los que cuentan, no los principios que formalmente han dicho tener los partidos. Peor todavía, lo que vale es la imagen, la percepción que se tenga de una persona en comparación con otras. ¿El proyecto de país? Bien, gracias, eso sólo parece importarle a López Obrador y sus seguidores.

No es mi deseo disminuir los méritos de Ebrard sobre el Estado laico, el aborto, los matrimonios entre personas del mismo sexo, etcétera. Son aspectos importantes de la vida nacional y que lo distinguen de las posiciones conservadoras de los panistas, muchos priístas y no pocos perredistas igualmente conservadores en estos asuntos. Pero por encima de estas preocupaciones, que no las califico de secundarias (que quede claro), hay otras más importantes relacionadas con la situación social y económica de millones de mexicanos, además de la inseguridad cada día más evidente en todos lados. Y esta situación es la que tiene que ver con el futuro del país y, sobre todo, con las mayorías que quisieran ver la acción del gobierno para disminuir las desigualdades sociales, la pobreza y la marginación.

El grave error de los cínicos en política es que, a partir de un diagnóstico que puede incluso ser exacto, como si fuera una buena fotografía, no han hecho nada por comenzar por su propia casa para cambiar el estado de cosas y los grados de conciencia de la gente. Los partidos deberían jugar el papel de educar políticamente al pueblo mexicano para que su participación en la cosa pública sea consciente, y luego (o al mismo tiempo) organizarlo para que sus inconformidades y propuestas tengan una dirección (un sentido) y deje de actuar como hasta ahora: de manera dispersa, casi atomizada, y sin coordinación (muchos movimientitos, poca eficacia) y, por lo mismo, sin fuerza suficiente para conmover al país y perturbar a quienes detentan el poder. ¿Dónde quedó, en México, la idea de la huelga general mundial para el 29 de septiembre? Los llamados a misa tuvieron más éxito, y el 29 era miércoles. Si los sindicatos y los partidos no organizan ni coordinan los movimientos sociales, ¿quién más está llamado a hacerlo? ¿Algunas de las ONG, de las miles que existen? No hay partidos, hay aparatos electorales con direcciones enquistadas en el poder o, si se prefiere, en el sistema.

Llamar a alianzas partidarias con los supuestos opositores, porque los que importan son los abanderados (candidatos), es por lo menos una aberración política. Es como si una mujer violada por su vecino se alía con éste porque ambos están en contra del casero que les quiere subir la renta y, además, le deja a su violador la negociación con el casero porque siendo el hombre seguramente le harán más caso. Para evitar que gane el PRI –dicen con frecuencia panistas y perredistas– hay que aliarse. Oponerse a las alianzas es llegar divididos al 2012 y Ortega llegó a decir, en referencia a López Obrador, que hay quienes prefieren que perdamos solos a que intentemos ganar juntos (La Jornada, ídem). ¿Juntos PAN y PRD? ¿Y por qué no, si tanto unos como otros ya aceptaron que sus principios partidarios y la carabina de Ambrosio sirven para lo mismo? Y luego Navarrete, también del PRD, le reclama a AMLO que golpee a su partido y a su dirigencia. ¿Cuál partido, si da igual que gane el PAN o el PRD, con tal de derrotar al PRI? Si los partidos no cumplen su función, ¿por qué no atacarlos? Si en realidad no existen como tales, ¿por qué recriminar a quien, según Navarrete, los ataca, en este caso al PRD?

La disyuntiva para las izquierdas (a pesar de la situación que viven) es refundar en serio el PRD o formar un verdadero partido que responda a las necesidades de las víctimas de las políticas neoliberales impuestas en México desde hace tres décadas. No veo otra opción.

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